El libro más extraordinario de la Biblia “rompe esquemas” sobre el sexo. No apto para mojigatos…
EL CANTAR DE LOS CANTARES
Estamos en el culmen de la poesía del amor, en el que él y ella se celebran recíprocamente. Estamos en el culmen, crudo realismo de los gestos de amor, la relación erótica es real, sin reticencias, al no estar narrado a cámara lenta. ¡Qué hermosa son tus mejillas entre los arosy tu cuello entre los collares!
Te haremos pendientes de oro,
con incrustaciones de plata.
Mientras el rey está en su diván,
mi nardo exhala su perfume.
Mi amado es para mí una bolsita de mirra
que descansa entre mis pechos.
Mi amado es para mí un racimo
de alheña en las viñas de Engadí.
¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!
¡Tus ojos son palomas!
¡Qué hermoso eres, amado mío,
eres realmente encantador!
¡Qué frondoso es nuestro lecho!
Las vigas de nuestra casa son los cedros
y nuestro artesonado, los cipreses.
(Ct 1, 10-17)
Aprender a “hacer el amor”
Aquí el amor es humano (y por tanto también bueno, bello y verdadero, incluso sagrado) en el sentido en el que participa toda la persona, a partir de su fantasía, de su mundo interno. Es lo que hace al amor algo más que una descarga , consumada (aquí si que se ajusta a la definición) tras la que cada uno se retira en una satisfacción cumplida a sí mismo, separándose del otro. Cuando más rica es la imaginación que acompaña a la relación, más gratificante es en el plano humano, más viven el universo, la historia, el sentirse uno con la creación, más se enriquece el amor.
Por tanto, el Cantar nos enseña que la relación erótica, bellísima y satisfactoria no se reduce al sexo: es necesario “aprender a hacer el amor”, el amor “se hace”, se construye, se alimenta, se cuida.
La relación sexual, dejada a sí misma, se identifica con el placer momentáneo que luego nos deja tan solos como al principio. En ella, cuando se busca exclusivamente la relación sexual, cada uno quiere su propia satisfacción como algo prioritario y exclusivo. En el “hacer el amor” se busca el disfrute del otro, se expresa en la dedicación: lo que, estamos seguros, hace que la relación sea mucho más satisfactoria.
Artículo tomado del prólogo del libro “Sesso senza tabú”, de Mariateresa Zattoni y Gilberto Gillini
UNA OPINIÓN
Me preguntas sobre qué hace el cristianismo con el erotismo. Pues mira, te voy a decir lo que pienso. De entrada dotarlo de una ternura y profundidad como jamás ha conocido. El erotismo no es un "pecado mortal" dentro de la vida cristiana. Es más, es parte fundamentalísima del sacramento del matrimonio y del sostén de los sentimientos. El erotismo es parte del hombre, de su humanidad. Es un bien querido por Dios para afianzar la comunión conyugal. Insisto: el erotismo es la ternura del amor, la atracción de los sexos que germina en los hijos, sí, pero también en un amor de Dios más agradecido y de impronta mística.
El cristianismo ha dignificado el erotismo, lo ha elevado a lo que realmente es: una maravilla más de la creación. Porque el cristianismo es una religión que se funda en el amor y en la entrega, en la generosidad y en la sensibilidad. El erotismo es algo santo y santificable, algo que nos ha sido regalado para un bien mayor. El erotismo de verdad está lejos del egoísmo y de la lujuria. El erotismo es nuestra propia donación a la mujer o al marido. El erotismo está muy lejos del placer por el placer, de esa concupiscencia que nos deforma el amor y la felicidad.
Los que están lejos del cristianismo o se burlan de él, piensan que somos los cristianos una panda de mequetrefes reprimidos por los curas. Y que con respecto a la sexualidad -erotismo incluido- consideramos que todo es pecado. Craso error. Y no es que yo vaya de laxo por la vida. Sencillamente es que tengo sentido común y una conciencia lo suficientemente formada como para distinguir lo que está bien de lo que está mal, la maravilla de la tontería.
El erotismo es un don de Dios, pero no una obsesión patológica. Es un don de Dios, pero no nuestro único “dios”. Hacer del erotismo y del sexo el eje central de una vida es tener muy desenfocada el alma, y demasiado desnortado el corazón. ¿El erotismo? Es una de las muchas caricias divinas. Yo me hago santo haciendo el amor con mi mujer. Sin morbos ni mentalidad obscena. No sé los demás, pero leo con frecuencia a mis clásicos. Y entre ellos está El cantar de los cantares o la Poesía de San Juan de la Cruz.
Debemos los cristianos aprender a no escandalizarnos de las realidades humanas, que son un querer explícito de Dios. Y en el erotismo debemos encontrar esa ternura, esa felicidad. Aunque a algunos les pueda parecer extraño no hay nada más sobrenatural que esa intimidad de carne. Poniendo en ella toda el alma y todo el cariño. "Amada en el Amado transformada".
GUILLERMO URBIZU
