Pregón para una Navidad entre miedos
José Luis Martín
Descalzo
Si yo tuviera que elegir uno solo entre los recuerdos de la
ciudad de Belén, que he tenido la fortuna de visitar dos veces, sé que me
quedaría., sin vacilar, con el de aquella puertecilla de entrada a la Basílica
de la Natividad, aquella puerta de sólo un metro veinte de altura por la que
sólo los niños podían entrar sin agacharse. Recuerdo que, a mi lado, el guía
franciscano explicaba que esa entrada se hizo así en la Edad Media para evitar
que los jenízaros pudieran penetrar en el templo a caballo, aterrando y
descabezando a los fieles en oración. Pero yo no le oía. Estaba descubriendo en
mi interior otra razón más alta: que a Dios sólo se puede llegar de dos
maneras: o siendo niño o agachándose mucho. No empinándose, sino inclinándose.
No estirándose, sino empequeñeciéndose. No subiéndose en escaleras o escabeles
de ciencia, de poder o de grandeza, sino retornando a los primeros años de
nuestra vida. Porque Dios no es más grande que nosotros, sino mucho más joven.
o, para ser exacto, porque Dios es mucho más grande que nosotros, por la simple
razón de que es más verdadero, más misericordioso, mucho más loco y niño que
nosotros.
Pero este descubrimiento venía a abrir en mí otro problema-
si Dios no pudo acercarse a los hombres sino por el camino de hacerse pequeño,
¿podrán los hombres acercarse a Dios por distinto sendero? Rosales ha escrito
que la alegría no tiene más que una puerta, que es la puerta de entrada, porque
quien entra en ella está felizmente perdido. Así las cosas de Dios: no tienen
más entrada que la de la pequeñez. Por eso la Navidad es, ante todo, un
misterio de infancia. Por eso es tan sagrada. Por eso sólo puede hablarse de
ella dejando la palabra al niño que uno fue y confiando en que será leído por
los niños que los lectores fueron…
¿Dónde queda, en verdad, el chiquillo que fuimos? … ¿Han
visto ustedes cómo esperan los niños a los Reyes? No pueden aguantar ya la
espera, arden sus ojos y sus almas, pero su espera no es torturadora, sus
miradas se encienden, pero no vuelven vidriosos sus ojos. ¿Sabéis por qué?
Porque los niños nunca se preguntan si lo que vendrá el día de Reyes es hermoso
o feo, magnífico o terrible. Ellos saben que lo que viene es
incuestionablemente hermoso. Lo único que ignoran es qué clase de hermosura
tendrá lo que va a negar. La suya es una esperanza gozosa porque es cierta. los
niños saben que son amados. Sólo quieren saber cómo les expresarán este año su
amor. Por eso los niños viven en la alegría, mientras nosotros braceamos por
ella. A los niños basta un rayo de sol para alegrarles. Pero hace falta todo un
sol entero -ha escrito Goldwitzer- para que el corazón helado de un adulto
pueda deshelarse.
El hombre no sabe esperar. Y espera, además, lo que no
debe. Por eso no entendimos a Dios cuando vino. Esperábamos ver en sus manos el
poder y vimos la pobreza. Esperábamos la cólera destructora de los enemigos y
vino la gran misericordia. Esperábamos misteriosas revelaciones y vino un
pedacito de carne que, con muchos esfuerzos, aprendió a decir “papá” y “mamá”.
Y es que -ya veis qué loco-, Dios quería ser amado. Y sabía
muy bien que los hombres no sabemos amar una cosa a menos que podamos rodearla
con los brazos. Y al Dios de los Ejércitos podíamos temerle. Al Dios de los
filósofos podíamos admirarle. Sólo le amaríamos si se hacía bebé. Por eso la
Navidad es vértigo, desconcierto, exceso y desbordamiento. Por eso la Navidad
viene a quitarnos las caretas de importancia con las que, a lo largo de la
vida, nos hemos ido disfrazando.
Porque -¡aleluia, aleluia!- la infancia es inmortal; al
niño que fuimos puede arrinconársele, amordazársele, cloroformizársele.
Matarle, no. Y el niño que hemos sido está aún ahí, dentro de nosotros,
encerrado entre nuestros títulos y tarjetas de crédito, amordazado por nuestra
experiencia, pero vivo. No se resigna a morir, grita, patalea dentro de
nosotros. Las esquirlas de amor que aún, a veces, nos salen del alma son esos
gritos y esos pataleos.
Dostoievski decía que «el hombre que guarda muchos
recuerdos de su infancia, ése está salvado para siempre». Y así es cómo
nosotros estamos salvados en la medida en que la Navidad pueda resucitar al
chiquillo que fuimos. Estos son días para descubrir cuán locos estamos, para
aprender que la experiencia es sólo una señora que nos da un peine cuando ya
estamos calvos, y que es mucho mejor un pelo despeinado que un peine sin porqué
ni para qué. Días para descubrir que el agua vale más que los cheques, que un
poeta es más útil que un político, que un niño es más importante que un
emperador, que la fe es la mejor lotería, que un brasero y amor en torno a él
debería cotizarse altísimo en Bolsa.
Por eso en esta Navidad, en la que el mundo tiembla de
hambre y de guerra, de paro y bomba atómica, en esta tierra nuestra que está
casi olvidando ya el sabor de la esperanza, la Navidad y el pequeño Dios vienen
a despertarnos de tanto y tanto miedo y a enseñarnos a mirar la vida con los
ojos ardientes con los que hace años esperábamos a los Magos. A mí me gustaría
que el mundo volviera a ser una gran escuela, que estuviéramos aún todos
sentados en los viejos pupitres, que Dios fuera el maestro que escribe en la
pizarra el verbo «amar». Y me gusta repetirles a mis amigos aquella gran
lección que daba un día Bernanos a los niños de una escuela: «No olvidéis nunca
que este mundo odioso se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre
combatida, siempre renaciente- de los santos, de los poetas y de los niños.
¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la
infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores!»
Porque, si lográramos esas tres fidelidades, en el mundo
sería siempre Navidad. Y la alegría sería mucho más ancha y fuerte que los
miedos.
46.- Los calumniadores del cielo
Creo que no voy a olvidar nunca aquel
sermón de misa del gallo. Me ocurrió hace ya muchos años, cuando yo era
capellán de un colegio de niñas. Aquella noche, después de la cena, fui a la
capilla un rato antes de la hora prevista para la misa, y mientras me preparaba
para celebrarla, llegaban hasta mis oídos las canciones que las niñas,
agrupadas en torno a una guitarra, tarareaban después del jolgorio de la cena
navideña. Cantaban alegre e ingenuamente, mezclando canciones religiosas y
tonadas de moda. Y, de pronto, llegó a mis oídos la letra de una antigua balada
que había puesto de moda aquel año Atahualpa Yupanki. La letra decía:
Que Dios se acuerde del pobre,
puede que si, puede que no;
pero es seguro que almuerza
a la mesa del patrón.
Sentí como un latigazo en mis carnes.
Y, de pronto, percibí cómo volaba de mi cabeza todo el sermón que había
preparado y surgía, vertiginosa, la tremenda homilía que minutos después
predicaría. Creo que lloré al decirla y que lloraron también las niñas al
escucharla. No las reñí por cantar aquello. Pero sí les grité que aquello era
una enorme mentira y una terrible verdad.
Una enorme mentira porque nosotros
sabíamos bien que la única vez que Dios comió en carne viva en este mundo no lo
hizo precisamente en las mesas de los patrones. Aquella noche era el gran
testimonio. Nació en una gruta. Temblé de frío. Había elegido la más
dramática
pobreza. Se había acordado tanto de los pobres que nació cómo ellos, peor que
la mayor parte de ellos.
Pero aquello era también una terrible
verdad, porque el Dios que nosotros predicábamos y vivíamos era precisamente
ese Dios que se olvida de los pobres y que muy poco tiene que ver con el Niño
de Belén.
Yo sé que los indios peruanos que
compusieron esa canción veían a Dios representado por unos misioneros y unos
obispos que eran, tal vez, muy pobres en sus vidas, pero que cuando iban a
predicar a sus aldeas residían en la casa del rico, hablaban y pensaban con
lenguaje de ricos, situaban al patrón en el primer banco de sus iglesias. Y lo
mismo habría sucedido si esa canción la hubieran compuesto los pobres
campesinos de cualquier país del mundo. ¿Cómo podían ellos entender que quizá
Dios no almorzaba en las mismas mesas que sus representantes?
Éramos, sí, nosotros los calumniadores
de Dios, más que sus predicadores. Éramos sus falsificadores, no sus
propagandistas.
Pero ¿sólo los curas? Cada vez que
llega la Navidad me pregunto qué pensaría de Cristo un indio, un asiático o africano
que nunca hubiera oído su nombre y que llegara a nuestras ciudades las vísperas
de Navidad. ¿Podría entender qué fiesta celebrábamos y en honor de quién nos
reuníamos? ¿No se imaginaría que eran el pavo, el turrón o el champaña los
protagonistas de la jornada? ¿Cómo entenderían que nuestras calles iluminadas,
nuestros comercios rebosantes de compradores, nuestras mesas refulgentes,
tengan algo que ver con la pobreza de la gruta de Belén? ¿Acaso no se
preguntarían cómo podemos celebrar con un crescendo del egoísmo y del
despilfarro lo que fue un estallido de la generosidad de Dios hacia nosotros?
No estoy criticando -Dios me libre- la
alegría navideña, el sueño esperanzado de los niños, los abrazos familiares, la
mesa jubilosa, las casas iluminadas. ]Pero sí estoy diciendo que cuando una
cena navideña tiene abundancia pero no amor, se convierte en una simple
comilona. Estoy diciendo que cuando un regalo se queda en puro deslumbramiento,
pero es desposeído del cariño que significa, se vuelve simple ostentación. Sí
estoy diciendo que una familia que va a la misa del gallo tras una cena en la
que al abuelo se le ha hecho cenar solo en su cuarto porque el pobre está un
poco pelma y el año pasado en la cena hizo tres tonterías, esa familia es
simplemente una colección de farsantes.
La alegría de los niños el día de Reyes
me parece algo sagrado y yo temblaría antes de recortarla. Pero me pregunto si
un país con dos millones de parados podrá permitirse el lujo de gastar sólo en
juguetes esos 25.000 millones de pesetas que nos gastamos el año pasado, sobre
todo si se piensa que el 90 por 100 de esos juguetes no
llegarán
sanos al último día de enero. Lo mismo que me pregunto si es lógico que un
cotillón de fin de año pueda costar el doble de la pensión mensual que cobran
varios millones de ancianos españoles.
Algo no funciona en una civilización
que ha convertido la Navidad en los días de la locura gastronómica. Y no puedo
menos de entristecerme pensando que los Reyes Magos que llevaron a Belén sus
ofrendas de oro, incienso y mirra tendrían que venir trayendo, a quienes hoy
celebramos pantagruélicamente esa fiesta, un bote de bicarbonato. Para que
digiramos, además del pavo, el olvido de la pobreza que Belén significa.
