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EL GRAN PODER DE DIOS
Se manifiesta en Él el Gran Poder de Dios. Y este no consiste en majestades ni tronos. Sólo un cuerpo agobiado por el dolor de la vida y una mirada triste, herida y tierna en la que se reflejan todas nuestras orfandades y soledades. Este es el Dios al que, de generación en generación, dicen los sevillanos las palabras de Samuel: “hueso tuyo y carne tuya somos nosotros”. Qué importante es para un padre o una madre llevar, por primera vez, a su hijo ante el Gran Poder, y decirle al hueso de su hueso y a la carne de su carne que ambos son hueso y carne de ese Dios de compasión. Que importante es enseñarle, sin decirle nada, solo a través de la tibieza de las manos, sólo a través de la dulce inserción de la devoción en las horas y los días, cuales son los caminos de consuelo y dolor compartido que llevan a San Lorenzo, santos todos los nombres –Conde de Barajas, Cardenal Spínola, Santa Clara- de las calles que en la santa plaza desembocan. Nosotros lo hacemos, y vemos a los otros hacerlo, todos los días, como lo más natural, cuando en realidad es lo más grandioso De todas las cosas que decimos a nuestros hijos porque las creemos útiles para sus vidas, ninguna lo es tanto como cuando en la Basílica, tomándolos en brazos o de la mano, miramos con ellos a la oscura bondad y le decimos: “Mira, ese es el Señor”. Ya está dicho lo esencial de la catequesis sevillana, y a lo mejor no nos damos del todo cuenta –por la bendita naturalidad con la que a Dios se le habla en Sevilla, por lo cotidiano de su presencia, que en esos momentos se ha transmitido lo más importante, el eje y fundamento, de todas nuestras vidas. Podrán olvidarse de lo que en la catequesis de la primera comunión les enseñaron, podrán distanciarse de la práctica religiosa, podrán no recibir más formación, podrán hasta olvidarse de Dios. Pero nunca olvidarán que el Gran Poder les esperará siempre, porque su paciencia es solo comparable a su bondad, para abrazarles y perdonarles, o solo para compartir su tristeza y su dolor con ellos.
Entonces el nombre de esas calles revelará su poder, oculto en la memoria, y un día, emprenderán el camino que les lleve a San Lorenzo, de vuelta a la casa del Padre.
CARLOS COLÓN PERALES
ESA LÁGRIMA TUYA
En la plaza del Salvador no cabía más fe, no quedaba espacio para más esperanza. No había butacas para tanta misericordia y mientras pasaba, hijo, tu padre del cielo con esa túnica que marca la distancia entre lo imposible y lo cierto, mi pecho empezó a prepararse para asistir a un evento que entenderás mejor cuando, pasado el tiempo, lo que te quede de mí sea el recuerdo del hombre que te enseñó a querer a Sevilla con toda su alma y a Dios sobre todas las cosas.
Yo sentí, amor mío, cómo se te aceleraba el pulso y empezaba tu corazón de quince años a bombear temores nuevos. Era tu primera vez. Jamás habías visto al Señor en su paso por las calles de Sevilla porque tus obligaciones como marinero de Esperanza no te lo permiten. Yo vi en tus ojos los cristales vírgenes, limpios. Aún no habían sido rayados por la luz del Dios de San Lorenzo. Cuando se ve por vez primera al Señor en la calle, tu mirada queda señalada para siempre, como con un rasguño imborrable. Ya tus ojos no serán los mismos jamás. Porque han visto a Dios andando por una calle.
Cuando llegó a nuestra altura, sentí que te estremecías a unos centímetros de mí y empecé a escuchar esos tiernos gemidos, imperceptibles para el mundo pero clavados para siempre en mi memoria y en el llanto de tu madre, que se estaba dando cuenta de todo, como todas las madres. Era tu bautizo real como sevillano. Estabas viendo a Dios, escuchando su forma de caminar, llorando por primera vez con Sevilla, como llora Sevilla.
Dejé que pasara sin tocarte pero me moría de ganas de apretarte entre mis brazos. En ese momento nada en el mundo debe interponerse entre Dios y uno. Y también dejé que vieras cómo se marchaba, cómo se iba caminando la auténtica fe de este pueblo. Le pedí una vez más por ti, por todo lo que estabas sintiendo en ese preciso momento y le entregué para siempre una fidelidad nueva, el amor de otra persona que acudirá a sus plantas a la hora del ahogo y la zozobra.
Ese que pasaba, amor mío, era Dios. Y por eso lloraste al verlo por primera vez. Cuando nos fundimos por fin, ya con el Señor a unos metros, en ese abrazo que jamás podré olvidar, sentí que llorabas encima de tu padre de la tierra después de haber visto caminar a tu padre del cielo. Y volvió a cerrarse un círculo en mi corazón, en mi vida, en un nuevo sueño cumplido.
Ya tienes, Álvaro, los ojos rayados, la marca hecha. Has visto andar al Creador por primera vez en tu vida. Y a esta hora, delante de tus lágrimas, tu padre de la tierra no es capaz más que de echarse a llorar de orgullo. Lo hago ante Dios. Y Dios, mi vida, vive en San Lorenzo.
Víctor García Rayo
EL GRAN PODER DEL SEÑOR
Manuel Romero Luque
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