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MANUEL TELLOProfesor
emérito de la UPV/EHU Viernes, 15 febrero 2019. El Correo
En España, para ser
progre, el no va más es decir que uno es ateo y que hay que posicionarse contra
la religión y, en particular, contra la católica. Como ocurre con otros temas,
al que piensa de otro modo se le califica de 'carca' o 'ultratumba'. Para
analizar este hecho tomaré como punto de partida dos afirmaciones que escuché a
un 'científico' joven en una conferencia sobre la historia de la ciencia y su
financiación. En ella, sin venir a cuento y en tono jocoso, por dos veces
afirmó que «todos los científicos son ateos» y, por una vez, que «Dios no existe».
Con esas afirmaciones les dijo a los padres de unos universitarios que asistían
a la entrega del diploma de sus hijos que todos los profesores eran ateos y que
él, se entiende por su afirmación, podía demostrar que Dios no existe. Las
líneas que siguen creo que sirven para demostrar, sin acritud, la falsedad de
tales aseveraciones.
Si las conclusiones del
científico son correctas, ¿qué significa que las primeras diez mejores
universidades del mundo tengan un departamento de Religión? Son departamentos
con un gran volumen de actividades en las que participan personas de alto nivel
intelectual. Sus afirmaciones se contradicen con los resultados de dos
encuestas internacionales realizadas en los inicios de los siglos XX y XXI
sobre la religiosidad de los científicos. Los resultados, casi similares,
indican que solo el 12% se define ateo. Es decir, una minoría. En el resto
están los que dicen tener una religiosidad de intensidad variable, los que
tienen inquietudes religiosas, los agnósticos y los creyentes practicantes. En
cuanto al análisis de los resultados, la cuestión es más compleja. Partimos de
que, en ciencia, la duda, la incertidumbre y la ignorancia son el punto de
inicio para generar nuevas ideas. Esto explica que esa mayoría de científicos,
interesados o atraídos por la trascendencia, se muevan entre la certeza de que
existe un Dios y la duda sobre su existencia. Como ejemplo, las opiniones de
dos iconos científicos del siglo XX. El profesor R. Feynman, premio Nobel en
1965, en una conferencia en la Universidad de Washington ('La incertidumbre de
los valores'), decía: «Estoy de acuerdo en que la ciencia no puede refutar la
existencia de Dios. Absolutamente de acuerdo. Los que afirman lo contrario
quizás no entienden la ciencia correctamente». Unos años antes, el profesor A.
Einstein, premio Nobel en 1926, escribía: «Hay dos maneras de vivir una vida:
la primera es pensar que nada es un milagro. La segunda es pensar que todo es
un milagro. De lo que estoy seguro es que Dios existe».
Pasamos ahora a otro
punto de vista: El que podríamos llamar la búsqueda de valores (moralidad
(ética), deberes, responsabilidades, etc.). De nuevo utilizaré la visión de dos
científicos con diferentes creencias. En primer lugar, la del profesor Francis
Collins, que lideró, a caballo de los siglos XX-XXI, un gran proyecto de
investigación mundial. Collins escribió: «He tenido la fortuna de que se me
pidiera liderar una empresa científica de importancia histórica, el Proyecto
Genoma Humano, y este hecho aún hoy me maravilla. Uno de los objetivos del
proyecto ha sido considerar las implicaciones éticas, legales y sociales de los
rápidos avances en la investigación genética. Muchos científicos, como yo,
creen en Dios, pero en general hemos estado más bien callados sobre nuestras
creencias. Sin embargo, vivimos un momento crítico, especialmente en Estados
Unidos, frente a la decisión de cómo buscar verdad y sentido a nuestra vida
ante el siglo XXI. Evidentemente, necesitaremos de la Ciencia para que nos
ayude a resolver muchos de nuestros problemas (enfermedades, sistemas de
comunicación, cuidado del planeta). Pero una aproximación puramente
materialista, desprovista del aspecto espiritual de la humanidad, nos
empobrecerá. Creo que Dios es la respuesta al por qué estamos en la existencia.
La fe es una forma de comprender los misterios profundos que la Ciencia es
incapaz de resolver».
Para la segunda opinión
utilizo otra conferencia del profesor Feynman ('Esta era acientífica'). La
terminó diciendo: «Por todo esto, considero la encíclica de Juan XXIII ('Pacen
in Terris'), que he leído, como uno de los acontecimientos más notables de
nuestra época y un gran paso hacia el futuro. Reconozco esta encíclica como el
comienzo, posiblemente, de un nuevo futuro donde quizá nos olvidemos de las
teorías de por qué creemos las cosas cuando en definitiva, y por lo que
respecta a la acción, creemos lo mismo. Muchas gracias. Me lo he pasado muy
bien». Feynman, que yo sepa, nunca se declaró creyente.
Este breve artículo creo
que indica que un científico hace un flaco servicio a la ciencia cuando, en
nombre de esa ciencia, realiza afirmaciones falsas o sin rigor. Incluso más,
cuando se considera que un auditorio no es capaz de analizar las ideas y
juzgarlas. Los científicos no deben olvidar que en las ciencias naturales
cualquier idea está sometida al experimento. Los premios Nobel sobre
descubrimientos teóricos se conceden cuando esos avances se confirman con un
hecho experimental. Por eso, como hemos visto, cuando un científico riguroso se
refiere a Dios, al amor… dice: «Creo en… o no creo en...». Afirmar que no
existe exige una demostración. ¿Conocen alguna demostración sobre la no
existencia de Dios?
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