martes, 10 de diciembre de 2019

LA NAVIDAD. DOS REFLEXIONES DE MARTIN DESCALZO


Pregón para una Navidad entre miedos
José Luis Martín Descalzo

Si yo tuviera que elegir uno solo entre los recuerdos de la ciudad de Belén, que he tenido la fortuna de visitar dos veces, sé que me quedaría., sin vacilar, con el de aquella puertecilla de entrada a la Basílica de la Natividad, aquella puerta de sólo un metro veinte de altura por la que sólo los niños podían entrar sin agacharse. Recuerdo que, a mi lado, el guía franciscano explicaba que esa entrada se hizo así en la Edad Media para evitar que los jenízaros pudieran penetrar en el templo a caballo, aterrando y descabezando a los fieles en oración. Pero yo no le oía. Estaba descubriendo en mi interior otra razón más alta: que a Dios sólo se puede llegar de dos maneras: o siendo niño o agachándose mucho. No empinándose, sino inclinándose. No estirándose, sino empequeñeciéndose. No subiéndose en escaleras o escabeles de ciencia, de poder o de grandeza, sino retornando a los primeros años de nuestra vida. Porque Dios no es más grande que nosotros, sino mucho más joven. o, para ser exacto, porque Dios es mucho más grande que nosotros, por la simple razón de que es más verdadero, más misericordioso, mucho más loco y niño que nosotros.

Pero este descubrimiento venía a abrir en mí otro problema- si Dios no pudo acercarse a los hombres sino por el camino de hacerse pequeño, ¿podrán los hombres acercarse a Dios por distinto sendero? Rosales ha escrito que la alegría no tiene más que una puerta, que es la puerta de entrada, porque quien entra en ella está felizmente perdido. Así las cosas de Dios: no tienen más entrada que la de la pequeñez. Por eso la Navidad es, ante todo, un misterio de infancia. Por eso es tan sagrada. Por eso sólo puede hablarse de ella dejando la palabra al niño que uno fue y confiando en que será leído por los niños que los lectores fueron…
  
¿Dónde queda, en verdad, el chiquillo que fuimos? … ¿Han visto ustedes cómo esperan los niños a los Reyes? No pueden aguantar ya la espera, arden sus ojos y sus almas, pero su espera no es torturadora, sus miradas se encienden, pero no vuelven vidriosos sus ojos. ¿Sabéis por qué? Porque los niños nunca se preguntan si lo que vendrá el día de Reyes es hermoso o feo, magnífico o terrible. Ellos saben que lo que viene es incuestionablemente hermoso. Lo único que ignoran es qué clase de hermosura tendrá lo que va a negar. La suya es una esperanza gozosa porque es cierta. los niños saben que son amados. Sólo quieren saber cómo les expresarán este año su amor. Por eso los niños viven en la alegría, mientras nosotros braceamos por ella. A los niños basta un rayo de sol para alegrarles. Pero hace falta todo un sol entero -ha escrito Goldwitzer- para que el corazón helado de un adulto pueda deshelarse.

El hombre no sabe esperar. Y espera, además, lo que no debe. Por eso no entendimos a Dios cuando vino. Esperábamos ver en sus manos el poder y vimos la pobreza. Esperábamos la cólera destructora de los enemigos y vino la gran misericordia. Esperábamos misteriosas revelaciones y vino un pedacito de carne que, con muchos esfuerzos, aprendió a decir “papá” y “mamá”.

Y es que -ya veis qué loco-, Dios quería ser amado. Y sabía muy bien que los hombres no sabemos amar una cosa a menos que podamos rodearla con los brazos. Y al Dios de los Ejércitos podíamos temerle. Al Dios de los filósofos podíamos admirarle. Sólo le amaríamos si se hacía bebé. Por eso la Navidad es vértigo, desconcierto, exceso y desbordamiento. Por eso la Navidad viene a quitarnos las caretas de importancia con las que, a lo largo de la vida, nos hemos ido disfrazando.
Porque -¡aleluia, aleluia!- la infancia es inmortal; al niño que fuimos puede arrinconársele, amordazársele, cloroformizársele. Matarle, no. Y el niño que hemos sido está aún ahí, dentro de nosotros, encerrado entre nuestros títulos y tarjetas de crédito, amordazado por nuestra experiencia, pero vivo. No se resigna a morir, grita, patalea dentro de nosotros. Las esquirlas de amor que aún, a veces, nos salen del alma son esos gritos y esos pataleos.

Dostoievski decía que «el hombre que guarda muchos recuerdos de su infancia, ése está salvado para siempre». Y así es cómo nosotros estamos salvados en la medida en que la Navidad pueda resucitar al chiquillo que fuimos. Estos son días para descubrir cuán locos estamos, para aprender que la experiencia es sólo una señora que nos da un peine cuando ya estamos calvos, y que es mucho mejor un pelo despeinado que un peine sin porqué ni para qué. Días para descubrir que el agua vale más que los cheques, que un poeta es más útil que un político, que un niño es más importante que un emperador, que la fe es la mejor lotería, que un brasero y amor en torno a él debería cotizarse altísimo en Bolsa.

Por eso en esta Navidad, en la que el mundo tiembla de hambre y de guerra, de paro y bomba atómica, en esta tierra nuestra que está casi olvidando ya el sabor de la esperanza, la Navidad y el pequeño Dios vienen a despertarnos de tanto y tanto miedo y a enseñarnos a mirar la vida con los ojos ardientes con los que hace años esperábamos a los Magos. A mí me gustaría que el mundo volviera a ser una gran escuela, que estuviéramos aún todos sentados en los viejos pupitres, que Dios fuera el maestro que escribe en la pizarra el verbo «amar». Y me gusta repetirles a mis amigos aquella gran lección que daba un día Bernanos a los niños de una escuela: «No olvidéis nunca que este mundo odioso se mantiene en pie por la dulce complicidad -siempre combatida, siempre renaciente- de los santos, de los poetas y de los niños. ¡Sed fieles a los santos! ¡Sed fieles a los poetas! ¡Permaneced fieles a la infancia! ¡Y no os convirtáis nunca en personas mayores!»

Porque, si lográramos esas tres fidelidades, en el mundo sería siempre Navidad. Y la alegría sería mucho más ancha y fuerte que los miedos.

 
46.-  Los calumniadores del cielo

         Creo que no voy a olvidar nunca aquel sermón de misa del gallo. Me ocurrió hace ya muchos años, cuando yo era capellán de un colegio de niñas. Aquella noche, después de la cena, fui a la capilla un rato antes de la hora prevista para la misa, y mientras me preparaba para celebrarla, llegaban hasta mis oídos las canciones que las niñas, agrupadas en torno a una guitarra, tarareaban después del jolgorio de la cena navideña. Cantaban alegre e ingenuamente, mezclando canciones religiosas y tonadas de moda. Y, de pronto, llegó a mis oídos la letra de una antigua balada que había puesto de moda aquel año Atahualpa Yupanki. La letra decía:                            
                  Que Dios se acuerde del pobre,
                   puede que si, puede que no;
                   pero es seguro que almuerza
                   a la mesa del patrón.

         Sentí como un latigazo en mis carnes. Y, de pronto, percibí cómo volaba de mi cabeza todo el sermón que había preparado y surgía, vertiginosa, la tremenda homilía que minutos después predicaría. Creo que lloré al decirla y que lloraron también las niñas al escucharla. No las reñí por cantar aquello. Pero sí les grité que aquello era una enorme mentira y una terrible verdad.
         Una enorme mentira porque nosotros sabíamos bien que la única vez que Dios comió en carne viva en este mundo no lo hizo precisamente en las mesas de los patrones. Aquella noche era el gran testimonio. Nació en una gruta. Temblé de frío. Había elegido la más
dramática pobreza. Se había acordado tanto de los pobres que nació cómo ellos, peor que la mayor parte de ellos.
         Pero aquello era también una terrible verdad, porque el Dios que nosotros predicábamos y vivíamos era precisamente ese Dios que se olvida de los pobres y que muy poco tiene que ver con el Niño de Belén.
         Yo sé que los indios peruanos que compusieron esa canción veían a Dios representado por unos misioneros y unos obispos que eran, tal vez, muy pobres en sus vidas, pero que cuando iban a predicar a sus aldeas residían en la casa del rico, hablaban y pensaban con lenguaje de ricos, situaban al patrón en el primer banco de sus iglesias. Y lo mismo habría sucedido si esa canción la hubieran compuesto los pobres campesinos de cualquier país del mundo. ¿Cómo podían ellos entender que quizá Dios no almorzaba en las mismas mesas que sus representantes?
         Éramos, sí, nosotros los calumniadores de Dios, más que sus predicadores. Éramos sus falsificadores, no sus propagandistas.
         Pero ¿sólo los curas? Cada vez que llega la Navidad me pregunto qué pensaría de Cristo un indio, un asiático o africano que nunca hubiera oído su nombre y que llegara a nuestras ciudades las vísperas de Navidad. ¿Podría entender qué fiesta celebrábamos y en honor de quién nos reuníamos? ¿No se imaginaría que eran el pavo, el turrón o el champaña los protagonistas de la jornada? ¿Cómo entenderían que nuestras calles iluminadas, nuestros comercios rebosantes de compradores, nuestras mesas refulgentes, tengan algo que ver con la pobreza de la gruta de Belén? ¿Acaso no se preguntarían cómo podemos celebrar con un crescendo del egoísmo y del despilfarro lo que fue un estallido de la generosidad de Dios hacia nosotros?
         No estoy criticando -Dios me libre- la alegría navideña, el sueño esperanzado de los niños, los abrazos familiares, la mesa jubilosa, las casas iluminadas. ]Pero sí estoy diciendo que cuando una cena navideña tiene abundancia pero no amor, se convierte en una simple comilona. Estoy diciendo que cuando un regalo se queda en puro deslumbramiento, pero es desposeído del cariño que significa, se vuelve simple ostentación. Sí estoy diciendo que una familia que va a la misa del gallo tras una cena en la que al abuelo se le ha hecho cenar solo en su cuarto porque el pobre está un poco pelma y el año pasado en la cena hizo tres tonterías, esa familia es simplemente una colección de farsantes.
         La alegría de los niños el día de Reyes me parece algo sagrado y yo temblaría antes de recortarla. Pero me pregunto si un país con dos millones de parados podrá permitirse el lujo de gastar sólo en juguetes esos 25.000 millones de pesetas que nos gastamos el año pasado, sobre todo si se piensa que el 90 por 100 de esos juguetes no
llegarán sanos al último día de enero. Lo mismo que me pregunto si es lógico que un cotillón de fin de año pueda costar el doble de la pensión mensual que cobran varios millones de ancianos españoles.
         Algo no funciona en una civilización que ha convertido la Navidad en los días de la locura gastronómica. Y no puedo menos de entristecerme pensando que los Reyes Magos que llevaron a Belén sus ofrendas de oro, incienso y mirra tendrían que venir trayendo, a quienes hoy celebramos pantagruélicamente esa fiesta, un bote de bicarbonato. Para que digiramos, además del pavo, el olvido de la pobreza que Belén significa.


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